Viernes. “Último
verano de juventud”. Así titula Jorgejá su segunda novela (¿?), y así se
explaya uno en las fiestas patronales por si resulta ser ídem. El último verano
de J.J. me lo zampo de cabo a rabo, la segunda entrega de una historia autobiográfica
con pinceladas de ficción, que no termina de convencer a la crítica, pero que
tiene su punto. La incursión del rey del cortijo en artes varias, va más allá
de firmar un libro de vivencias, pasados oscuros y viejos éxitos que cualquier
vedette de cuarta publica justo después de caer en el olvido del último
españolito de a pie. Lo de Vázquez lo catalogan algunos expertos como un exceso
de ego, lo que viene siendo un porrón de complejos que uno intenta minimizar al
compartirlos y fomentar la risotada en torno a ellos. Una contradicción pura y
dura, que cobra sentido cuando avanzas capítulos y empatizas con su forma de
vivir la noche, sus limitaciones para establecer relaciones personales y su
particular infierno cuando se apagan los focos. Dos libros, una escuela de
canto, un taller de presentadores y una obra de teatro protagonizada por él
mismo que ya gira por España al rebufo de Rosa Benito y su polluela. Se hace el
silencio y mi madre sentencia: “A otros
les da por abrir discotecas”. Amén.
Sábado. Del chute novelesco me traslado al
patio de butacas de un cine de las afueras. Convenzo con malas artes a C. para que me acompañe a ver “ma ma”, lo último de Penélope Cruz en
estas tierras. Después de seis años alejada del cine español, la niña mimada de
Almodóvar lo da todo a las órdenes de Julio Medem a la espera de que el público
se rinda a sus pies. De momento, C. y
yo somos los únicos que habitamos la sala, así que mascamos chucherías a dos
carrillos, compartimos impresiones en voz alta y colocamos las piernas en alto.
El drama de Medem arranca con fuerza, como el de Jorge, pero pierde fuelle a
medida que las escenas se van sucediendo, dejándote un sabor de boca amargo y
la frustración de no haber sido capaz de agarrar el kleenex en ningún momento de la película. Podría echarle el camión
de la basura a Pe, pero qué necesidad. Su capacidad para emocionar es tan
sospechosa como su romance con aquel bigardo de la cienciología.
Domingo. Ejerzo de anfitrión y preparo la cena
para A. Le hago los honores a la
invitada y hasta enciendo una vela aromática al lado de la pizza congelada y la
ensalada de bolsa. Dios no me ha llevado por el caminito de la buena cocina,
pero A. me aprecia y se deshace en
elogios sobre mi destreza con el resto de tareas domésticas. Terminados los
postres y con los platos a remojo, decidimos pasar por boxes y lanzarnos a las
calles. Con las dos camas vacías de María Jiménez de fondo, A. pronuncia unas palabras desoladoras
frente al espejo de mano: “Me veo fea,
vieja y con cara de pobre”. Trago
saliva y no me pronuncio, pero ella se consuela sola: “No hay nada que no solucione
un buen tacón”. Y así fue, como en los viejos tiempos.
Lunes. Me muevo entre resacas, prensa
atrasada y cambio de armario. No soy yo de esos que bajan al trastero las
hawaianas y suben los plumas, pero me hace ilusión tirar el armario abajo a dos
manos y redoblar una a una las prendas de invierno. Un toc como otro cualquiera
con el que convivo sin problemas y que me mantiene ocupado toda la tarde. Para
hacerlo más ameno, tiro de Google y me empapo alguna actuación de Tu Cara Me Suena. El formato que arrasa
los viernes y que mantiene en vilo a los Paquirrines
y Chabelitas de enfrente, cuenta con Falete en sus filas. Más allá de
caballitos de mar, uñas de porcelana y actores de cine para adultos, he de
recalcar que Falete es un artista de primera fila, y que confío en que su
carrera retorne en lo que se merece, volver a ser lo que quizá nunca se ha
creído ni él mismo; un grande.
