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07 noviembre 2014

LOLITA, EN TIEMPOS DE CRISIS


De los creadores de El tríplex de Terelu, la revista ¡HOLA! le barniza la ojera a Lolita y la coloca en portada con sus polluelos como parte del atrezzo. La primogénita de La Faraona se adelanta a la extra de Navidad y concede un publirreportaje desnudando su alma previo cheque al portador y caracterizada a lo Norma Duval en sus tiempos de estampa ibicenca. Lolita desentraña su momento actual y se derrumba al recordar sus años más horribilis, los que la llevaron a malvender su cuartel general en una de las mejores zonas de la capital y a mudarse con todos los suyos a un chaletazo de alquiler con estudio de música, piscina y un porche con reminiscencias marbellís donde ha colgado el cartel de Los Gitanillos en honor a sus veraneos de esplendor. “Cuando la pobreza entra por la puerta, el amor sale por la ventana”, reza la entrevista en referencia a su matrimonio con el cubano Pablo Durán. Casados en 2010 después de enamorarse sobre las tablas, la cantante y el artista multidisciplinar en paro atraviesan una crisis con pocos visos de retorno. Dice ella que las noches sin dormir y el empeño por salir a flote en un océano de pufos les han pasado factura olvidándose el uno del otro. Un desgaste matrimonial que los medios apuntaban desde casi los inicios, pero que ellos se encargaron de desmentir a golpe de bolero en varias ocasiones. La debacle económica y la falta de proyectos laborales de la saga la convierten en el principal sustento familiar, por eso saca pecho en el Teatro Español cada tarde metiéndose con destreza en la piel de La Colometa, un papel que la ha devuelto a primera fila y que la crítica califica como la mejor interpretación de su carrera. La Plaza del Diamante le ha hecho recuperar la ilusión y la confianza en sí misma como actriz, después de hacerse con un Goya Revelación por Rencor y pasar al olvido de directores desde entonces. Su mayor orgullo, sus hijos, Elena y Guillermo, fruto de su relación con Guillermo Furiase y continuadores de la estirpe. Ella, probando suerte en América como actriz; él, acompañando a su madre guitarra en mano por teatros y bolos veraniegos. Los Flores son una piña y después de las grandes pérdidas que han marcado su vida, unen fuerzas de nuevo para salir adelante, hacer honor a su apellido y, quién sabe, si recuperar la llama del amor que se esfumó con los cuartos. A esto se le llama afrontar la crisis con arte. Sarandonga, cuchibiri cuchibiri…