Mostrando entradas con la etiqueta Gonzalo Miró. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Gonzalo Miró. Mostrar todas las entradas

21 octubre 2015

TINDER ACABÓ CON EL AMOR Y ´TCMS´ CON EL ´DELUXE´


Sábado. “Necesito airearme un poco. Este finde me planto ahí”. Dicho y hecho. C. y su macuto entraron por la puerta como un elefante en una cacharrería y con la ilusión de una novata. Al observarla detenidamente, entendí que lo de airearse era una necesidad de primer orden en este momento en el que se mueve entre libros y cortejos de biblioteca. Le hice los honores e improvisé una burger party a lo Alaska y Mario, pero con menos rosa y sin cámaras de televisión en el cogote. K. y A. se unieron a la causa y le hicieron un traje importante al sector masculino de la población. En mi propia cocina presencié la conversación de tres mujeres con poco en común a priori, y con historias sentimentales muy paralelas. Apuré los postres y di paso al primer gintonic de la noche. Las lenguas se soltaron y la barra libre derivó en confidencias, carcajadas y pocas conclusiones excepto lo jodido (con perdón) que está el mercado. Con la pestaña en su sitio, tiramos millas hacia el primer garito y bajamos los hidratos a ritmo de Ricky Martin.

Domingo. Cae en mis manos un artículo titulado “Cómo Tinder acabó con el amor” y recuerdo alguna frase suelta de la noche anterior. Recoge el texto varios testimonios de sociólogos, expertos en la materia y jóvenes que han tenido citas con desconocidos a través de una app. Las opiniones están divididas. Mientras unos apuntan que estas aplicaciones forman parte de una nueva manera de entablar relaciones personales en estos tiempos, hay quien está seguro de que no hace más que complicar la historia. “Nunca fue tan fácil ligar y nunca más difícil encontrar el amor verdadero. El exceso de oferta engancha a muchos en un bucle de ligoteo a la caza de la pareja ideal… que jamás llega”, concluye el artículo. Al final va a ser verdad que la tecnología se lo ha cargado todo. Siempre nos quedarán las letras de Alborán o los aparatos a pilas.

Lunes. Centrándome en relaciones al uso, leo por encima la ruptura/reconciliación/desmentido que corre esta semana por las televisiones. Hablo de Malú y Gonzalito Miró. Y ahora diréis, ¿y a quién le importa? Vale, pues es verdad, posiblemente a nadie, pero es lo que hay. El caso es que estos dos juegan al despiste desde el principio y eso da un poco de miga a algo que, en mi opinión, tiene menos futuro que las extensiones de Belén Esteban. La cantante y el eterno galán protagonizan una historia de amor sospechosa, rara y aburrida. Quizá porque ambos reúnen estas características, y ahí resida el secreto del flechazo. Con lo bien que estabas en palacio, Gonzalito de mi alma, haciendo las delicias de la duquesita. Snif, snif.

Martes. Después de darle muchas vueltas, ha llegado el momento: estreno compañera de piso. He movido Roma con Santiago, pero estoy satisfecho con la elección. Es cincuentona pero conserva la talla de antaño, su divorcio ha ocupado titulares en todo el mundo, es una amante de la moda y en otra vida ya nos hemos topado. El reencuentro ha resultado maravilloso y la convivencia va como la seda. Come poco, es limpita y a veces me quedo en trance al contemplar sus perfectos rasgos de transexual latina. Es Barbie y dormirá sobre mis libros de cabecera de hoy en adelante.

Miércoles. Los viernes Deluxe están en la cuerda floja y los responsables del entramado Sálvame echan los restos para sacar a flote el programa que lideró hasta hace bien poco. Podrían tirar de una Bordiú que cotiza a la baja y siempre adorna, o de una gran estrella que repase sus vivencias y ponga contra las cuerdas a alguna antigua compañera de profesión, pero no. Los telecinqueros tienen claro lo que vende, y se han puesto manos a la obra. De los creadores del supuesto cubanito con el que desfogó Lydia Lozano en un baño de La Habana, llega el primer novio de la Esteban, un tal Juan Carlos que estaba tranquilito en San Blas, y que los propios jefes de la rubia sacarán del barrio para sentarlo en el sillón de los horrores a cambio de parné, asegurándose así el belenazo y la resaca del lío de marras, máquina de la verdad incluida. En tiempos de guerra, cualquier trinchera es buena. Pues eso.