Me
emperifollo para quemar Madrid con A. y E. Aún no hemos coincidido para
felicitarnos el año face to face y la noche del jueves es perfecta para echar
raíces en los garitos de moda sin echar mano de ansiolítico. Cuando estoy a punto de
entrar a matar recibo un WhatsApp de E. advirtiéndome sobre la que va a caer.
Lo consulto con A., que me pasa la pelota con elegancia y me traslada el marrón;
la decisión final. Asomo el occipucio por la ventana y un chaparrón me arrasa
el tupé de golpe. Termino posponiendo la cita con la boca pequeña y echándome
encima la manta zamorana. Mientras oigo llover acurrucado, me pregunto desde
cuándo el tiempo es un obstáculo para lanzarme a las calles. Sólo hay una respuesta;
los años que cumplimos los carga el diablo. El chaparrón era sólo el anticipo de
lo que estaba por venir. Agua, nieve y los medios de comunicación alertando
sobre el síndrome postemporal que nos azuzaría los días posteriores. Si salir
un lunes cualquiera de la cama se convierte en misión imposible, lo de moverse
con cadenas puede ser motivo más que suficiente para pedir plaza en la López
Ibor. Es entonces cuando me encomiendo al veinticuatro horas de Gran Hermano.
Corro el peligro de engancharme y tirar mi vida por la borda pero me consuelo
pensando que en un par de meses la casa cerrará sus puertas y la Esteban y
compañía evacuarán sin una cámara en el cogote. El reality por el que pocos
apostaban una década después de su última edición elevaba a los altares a la
cadena, productora y el resto que comen del formato. Lo que parecía un casting
de quinta división, cosas de la tele, resultó ser exquisito y perfecto para
satisfacer las necesidades de casi cinco millones de espectadores pendientes de
la expulsión disciplinaria de Los Chunguitos, las refriegas de Hormigos/Esteban
y las partes pudendas de Coman, de profesión pasearse en pelotas por donde le
plazca. La casa de Guadalix está que arde y el polluelo de la Pantoja se ha
sumado al equipo para “Vivir la experiencia”, dice él, y facturar por la madre
que lo parió y demás parentela, digo yo, que soy un deslenguado. La entrada de
Paquirrín prometía un remanso de paz para el resto de concursantes, pero entre
siesta y siesta la fiera se ha despertado y ha conseguido desencadenar el
enésimo parraque por minuto de la princesa del pueblo, favorita por el público
para llevarse el maletín y material sensible en una convivencia de estas características.
A pesar de contar con palmeros fuera y dentro de la casa, Belén se las ve y se
las desea para no agarrar el bolso y largarse con el moño a otra parte, como viene
haciendo cada vez que le sale del ídem, (o del mismísimo, que diría ella), ¿me
entiendes? La entiendo y con razón. Las cifras semanales que se manejan son
jugosas, desorbitadas y diría que hasta indecentes en los tiempos que corren.
Pero también es verdad que no hay empresario tonto que no desembolse mucho
menos de lo que genera, así que bienvenidos sean los duros. También para
Chabelita, que a pesar de mantener un perfil bajo los últimos meses, prepara un
giro en su vida. Después de probar suerte como it girl sin demasiado éxito (más
bien nulo), la pequeña Isa pondrá rumbo, más pronto que tarde, a Londres para perfeccionar
el idioma y calentar su vuelta al meollo telecinquero. Cuando se le preguntaba
a prima Anabel sobre el futuro de Isa Pantoja, la sobrinísima apuntaba en esta
dirección: “Chabelita no concede entrevistas porque está preparando algo para
dentro de un par de meses”. Quizá ahí esté la clave y veamos a la it de Cantora
lanzándose en paracaídas a las aguas de… ¿Honduras? Con esta familia no hay
nada imposible. Incluso hay voces que aseguran que ha sido tentada por una
editorial. Que el todopoderoso Sandro Rey y las Alazán (hija y sobrina de los
chungos y portada de Interviú) lo impidan, por el amor de Dios. Por cierto, me
he estrenado hace cuarenta y ocho horas y aún estoy hiperventilando. He leído que es buena señal. Gracias por los ánimos.
